martes, 21 de febrero de 2012

Samarcanda - Amin Maalouf


Extracto de Samarcanda, obra del escritor Libanés Amin Maalouf.


—Únicamente un hombre en paz con su Creador podría conciliar el sueño en un lugar de
culto.
A pesar de la mueca dubitativa de Abu Taher, Omar se excita e insiste:
—No soy de aquellos cuya fe sólo es terror al juicio, cuya oración sólo es prosternación.
¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la
creación, la perfección de su orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro
sediento de sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos,
despiertos o satisfechos.
Con los ojos pensativos, el cadí se levanta, va a sentarse al lado de Jayyám y apoya
sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro.
—Escucha, joven amigo, el Altísimo te ha dado lo más valioso que un hijo de Adán puede
obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar
de la existencia, la admiración de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres.
Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de
todo eso puede apreciarse ni conservarse.
—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso?
—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus
descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador.
Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua.
El cadí se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras
del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja,
dejando escoger al cadí entre las palabras que se atropellan en su mente.
Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan.
En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincón del divan, levanta un paño del tapiz y
luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de él un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora.
Ahora bien, ese libro es el mismo que yo, Benjamín O. Lesage, iba un día a sostener en
mis propias manos. Supongo que al tacto fue siempre igual. Un grueso, áspero, repujado con
dibujos en forma de semicírculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando
Jayyám lo abre, en esa inolvidable noche de verano, sólo contempla doscientas cincuenta y
seis páginas en blanco, sin poemas aún, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni
iluminaciones.


Para ocultar su emoción, Abu Taher adopta un tono de charlatán.
—Es kagez chino, el mejor papel que se ha obtenido jamás en los talleres de
Samarcanda. Un judío del barrio de Maturid lo fabricó para mí según una antigua receta
enteramente a base de morera blanca. Tócalo, es de la misma savia que la seda.
Se aclara la garganta antes de explayarse:
—Yo tenía un hermano diez años mayor que yo; tenía tu edad cuando murió,
descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagradó al
soberano del momento. Se le acusó de incubar una herejía, no sé si sería verdad, pero yo le
reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas más largo que una
cuarteta.
Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada:
—Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus
labios intentando salir, reprímelo sin consideraciones, pero escríbelo en estas hojas que
permanecerán en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher.
¿Sabía el cadí que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos
mejor guardados de la historia de las letras? ¿Que pasarían ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesía de Omar Jayyám, antes de que sus Ruba'iyyat fueran veneradas como una de las obras más originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extraño destino del manuscrito de Samarcanda?

No hay comentarios: